Las tasas que vienen
El gremio de hostelería de Cartagena está que arde y no exactamente por culpa de los rigores de este ferragosto y del ya pasado -vaya con Dios- ferrajulio. Hay ciertas cosas en la vida que queman más que los hirientes rayos del astro rey, ya que no pueden mitigarse ni con aire acondicionado. Una de esas cosas que no sólo queman sino que requeman a la gente es el pago de impuestos, también llamados tasas en bastantes ocasiones, como para quitarles hierro a los atracos de guante blanco.
Las tasas han sido siempre enemigas íntimas de los administrados, toda vez que históricamente nos han venido impuestas de forma cuasi caprichosa, sin muchas aclaraciones ni explicaciones previas. Y he aquí la madre del cordero en lo referido a los empresarios de hostelería cartageneros, toda vez que el Excmo. Ayuntamiento de Cartagena ha decidido subirles el importe a pagar de las tasas -justamente en un 100%- por sacar mesas y sillas a sus terrazas. Es decir, que si tal o cuál establecimiento pagaba el año pasado mil euros por tal concepto, pongo por caso, de aquí en adelante deberá pagar dos mil, lo cual, visto desde una prudencial distancia, se nos antoja algo verdaderamente excesivo, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corren, que por cierto más que correr parece que se no mueven.
Dicho lo cual creo necesario añadir que la situación económica de las arcas municipales es prácticamente agónica. En Caja no hay un solo euro en metálico siquiera sea para ayudar a esos artistas, venidos del frío, que pululan por la ciudad con sus acordeones, ejecutando valses mutilados y polcas simplificadas. Así que en virtud de la autonomía que asiste a los consistorios, este de Cartagena no ha dudado en elevar las tasas mientras nos dice que bajará los impuestos o, como poco, que no va a subirlos. Una situación fronteriza con la ceremonia de la confusión. Pero como servidor no es precisamente el auditor general de la plaza, parece oportuno no entrar a saco y hacer la primera sangre a los munícipes, cual si esto, en lugar de tratarse de un comentario de actualidad, fuese una montería en las Navas del Marqués.
Obviamente, a los hosteleros de Cartagena les asiste toda la razón para quejarse amargamente y jurar en arameo, pues el poco dinero que ganan tienen que sudarlo mucho a pie de barra y de cocina, mientras que por otro lado la clientela, en líneas generales, ha decidido batirse en una discreta retirada aunque realmente percibida. Y en cuanto al Ayuntamiento, pues, hombre, a lo mejor tendría que cuestionarse si las cifras de determinadas dádivas y muy concretas subvenciones -sé de lo que hablo- debería reducirlas drásticamente en lugar de subir las tasas en dicha cuantía, toda vez que al estar como estamos viviendo con la soga al cuello, es de justicia que a todos nos la tensen por igual. No vaya a ser que mientras algunos llegan a la asfixia, otros sigan festejando sus tiempos de ocio con oropeles y jaranas a costa del erario municipal. Como si aquí no pasara nada, vamos.


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